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Escuela laica y más...

Raul P.Oeta

Por Julián

Raul Pablo tenía 2 años y faltaba poco para su cumpleaños, ya sabía lo que se iba a pedir. Quería una cartera por que ya iba a empezar el colegio. Raul manejaba un poco justo el lenguaje porque era muy pequeño, era el menor de la clase que hoy iba a comenzar, era su primer día de colegio.


Su mama le hizo una foto con el babi y la cartera y salieron de casa para el cole.
Lo peor fue dejar a su mama en la puerta y entrar el aquella casa extraña, pero enseguida se encontró en una aula bien iluminada, muy bonita y con un montón de niños como él. Vino un señor, el maestro, se sentaron al rededor de él, "en asamblea" y dijeron sus nombres. Era muy divertido aunque era el primer día y tenía un poco de miedo.


Tras pasar un rato con juegos y canciones entraron dos señoras en el aula que saludaron al maestro, este se despidió de los niños hasta luego y, de repente, la señora más mayor me llamó por mi nombre y mi apellido. Todos los niños se volvieron hacia mi. Yo no quería contestar, tenía miedo. La señora mayor se acercó y me dijo que la tenía que acompañar, que mis compañeros iban a recibir clase de religión. A mis dos años yo no sabía que era eso de religión por lo que esa explicación me desconcertó aún más. Por el pasillo me llevaba de la mano y yo no sabía donde. Entonces me explico que mis papas habían decidido que yo no recibiera clase de religión católica y que iba a pasar una hora en su despacho. Eso sería así una vez a la semana durante todo el curso.


La señora era la directora del centro, compartiría su despacho particular durante la clase de religión, no podía dedicar un maestro para un único niño al que sus padres le evitaban la clase de religión, posiblemente por capricho.

De todas formas, todas estas explicaciones eran inimaginables para él. Solo percibía que por que sus padres lo habían dicho iba a pasar un buen rato solo y aburrido. La señora le había dado unas pinturas y un papel pero no tenía ganas de dibujar, seguía teniendo un poco de miedo. Entonces la señora recibió una llamada y tuvo que salir. Dijo que no se moviera del despacho.


Cuando quedó solo fue cuando comenzó de verdad el miedo, descubrió que esa señora tenía colgado de la pared de ese cuarto un muñeco. Era un señor que estaba retorcido de dolor y lleno de sangre, fue su primera imagen de la tortura. Estaba lleno de heridas y para sujetarlo a unos palos, le habían roto las manos y los pies con unos clavos. Se puse a llorar y a gritar y al poco regreso la señora con otros señores. No podía parar de llorar. Preguntaron por que se había puesto así y solo pudo señalar con el dedo aquel muñeco de la pared. Entonces la señora le dijo que a "El" lo habían puesto así por todos nosotros. Entonces fue cuando salió corriendo del despacho llamando a sus padres a gritos.


Después de aquello les reprocharon a sus padres que su hijo no supiera lo que era un crucifijo y dijeron que la directora del centro podía tener en su despacho los objetos personales que quisiera.

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